
El otro día estaba consternada en mi mismidad, pensando, meditando... y tuve la idea -quizás nada original- de que todos somos inahaprensibles, universos en nosotros mismos, eternos, inalcanzables. Mil veces escuché a alguien hablar de pretensiones de total aprehensión y conocimiento... ¡y siempre me pareció tan iluso, tan inocente tal pensamiento! No creo en la posibilidad de llegar a conocer por entero a una persona, simplemente porque tampoco ella nunca se conocerá por completo, aunque su vida se prolongue durante cientos de años. Quizás para ello sean necesarios múltiples momentos de meditación y autoconocimiento, de reflexión y abstracción o una capacidad importante de racionalización al que pocas personas son capaces de llegar (y sobre todo aplicar tan poder racional sobre sí mismos, lo que es totalmente difícil). Quizás ser inmutables, constantes. Por eso quizás -últimamente- suelo tomar una actitud de satisfacción per sé y conformarme con conocer un poquito a los demás, disfrutar de ese pedacito de sí mismos que me otorgan: sentirlos, amarlos, odiarlos, vivirlos. Conocer lo que se me da a conocer, estar agradecida por el hecho de que alguien comparta un pedacito de su mismidad conmigo, interesarme y ser parte de él. Vivirlo, estrujarlo como un papel mojado, como una hoja seca por el otoño.
Porque me parecen llenas de un total egoísmo y egocentrismo las personas que pretenden conocer por completo a alguien y que acusan a los demás de no mostrarse, de no prestarse a evaluación, cuando esos mismos seres no se conocen a ellos mismos. Es pedir lo que no se es capaz de dar.
Pero la vida es una cadena de momentos sublimes -y no tanto- y de actos reciprocitarios: es todo un ir y venir, todo tiene un comienzo y un final (aunque no físico, ni fáctico, quizás mental o cognitivo). La vida se sucede y autosupera por etapas y cada una de ellas es un universo en sí: no se trata de estabilidad/inestabilidad, sino de vivir por mo-men-tos. Empezarlos, acabarlos, transitarlos, aburrirnos de ellos, odiarlos hasta la desesperación, rogar que nunca terminen... Nada está acabado ni completo: es un eterno devenir, un crecimiento constante, quizás una figura circular que otorga un vaivén de momentos, es la eternidad reducida a algunos principios que se repiten: el mismo equilibrio de sucesión de la misma estructura compuesta por elementos dinámicos, que van y vienen.
Entonces hoy pienso que la mejor manera de transitar por este mundo (que se me ocurre, es cierto), siendo una persona que piensa, vive y sufre; es viviendo lo que está inmediatamente al alcance de la mano: porque es finito, porque es único e inentendible. Y vivir implica toda una serie de sentimientos y pensamientos contrapuestos: algunos repletos de una total hermosura y otros que lastiman, hacen sangrar y llorar con toda la mismidad del ser. Quizás lo menos importante sean las cualidades de lo que se vive; ellas buenas, malas, inocuas. Quizás lo verdaderamente importante sea transitar por esas experiencias, sobrellevarlas, aprender de ellas, sentirlas, darles un poquito de pasión, de interioridad. Siendo lo más difícil entender su condición finita: porque la vida crea constantemente la ilusión de la eternidad, aceptar la existencia transitoria de estos elementos constitutivos, de estos momentos sucesivos. Aceptar lo vivido y amarlo como tal. La fluidez para cerrar y abrir etapas sin miedos ni rencores ni lágrimas ni reproches ni prolongamientos innecesariamente necesarios.

<< Home